|
el reverendo padre general me creyó bueno para
el cultivo de esta viña, y vinimos juntos un polaco, un tirolés, y yo. las tropas del rey de españa serán
recibidas con brío, y yo salgo fiador de que se han de volver
excomulgadas y vencidas. pero ¿es cierto que está mi querida cunegunda aquí cerca
en casa del gobernador de buenos-ayres? candido le confirmó con
juramento la verdad de quanto le habia referido, y corriéron de nuevo
los llantos de entrámbos. |
no se hartaba el baron de dar abrazos á candido, apellidándole su
hermano y su libertador. no deseo yo otra cosa, respondió candido, porque me
iba á casar con ella, y todavía espero ser su esposo. ¡tú, insolente!
replicó el baron: ¡tener descaro para casarte con mi hermana, que
tiene setenta y dos quarteles! ¡y tienes avilantez para hablarme de
tan temerario pensamiento! confuso candido al oir estas razones, le
respondió: reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
de este mundo; yo he sacado á la hermana de vuestra reverencia de
poder de un judío y un inquisidor; ella me está agradecida, y quiere
ser mi muger: maese panglós me ha dicho que todos éramos iguales, y
cunegunda ha de ser mia. |
eso lo verémos, picaruelo, dixo el jesuita
baron de tunder-ten-tronck, alargándole con la hoja de la espada un
cintarazo en los hocicos. candido desenvayna la suya, y se la mete en
la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
humeando en sangre, echó á llorar.
acudió á la bulla cacambo que estaba de centinela á la puerta de la
enramada. no nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
amo; sin duda van á entrar en la enramada: muramos con las armas en la
mano. cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogió la
sotana del baron, se la echó á candido encima, le puso el bonete de
teatino del cadáver, y le hizo montar á caballo: todo esto se executó
en un momento. un
jesuita que lleva órdenes, y ántes que vengan tras de nosotros,
estarémos ya fuera de las fronteras. |
| todo fué uno el pronunciar estas
palabras, y volar gritando: plaza, plaza al reverendo padre coronel.
_donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados orejones. el vigilante cacambo
no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
fruta, y botas de buen vino, y así se metiéron con sus caballos
andaluces en un pais desconocido, donde no descubriéron sendero
ninguno trillado: al cabo se ofreció á su vista una hermosa pradera
regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexáron pacer sus
caballerías, cacambo propuso á su amo que comiese, dándole con el
consejo el exemplo. |
| el sol iba á ponerse, quando á deshora
oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
mugeres; pero no sabian si eran de gusto ó de sentimiento:
levantáronse empero á toda priesa con el susto y la inquietud que
qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. daban estos gritos
dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
en su seguimiento iban dos ximios dándoles bocados en las nalgas. bendito sea dios, querido cacambo, dixo,
que de tamaño peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometí
un pecado en matar á un inquisidor y á un jesuita, ya he satisfecho á
dios, librando de la muerte á dos muchachas, que acaso son señoritas
de circunstancias; y esta aventura no puede ménos de grangearnos
mucho provecho en el pais. |
| iba á decir mas, pero se le heló la sangre
y el habla quando vió que las dos muchachas se abrazaban
amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadáveres, y
henchian el viento de los mas dolientes gritos. ha muerto eran los amantes de estas dos niñas. ¿porqué extraña tanto que en algunos países sean los ximios
favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
yo quarteron de español? ha, repuso candido, bien me acuerdo de haber
oido decir á maese panglós que antiguamente sucedian esos casos, y que
de estas mezelas procediéron los egypancs, los faunos, los sátiros,
que viéron muchos principales personages de la antigüedad; pero yo
todo lo tenia por fabuloso. convencerse ahora, dixo
cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
metan en algun atolladero. |
| al despertar sintiéron que no se podian
menear; y era la causa que por la noche los orejones, moradores del
pais, á quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
cuerdas hechas de cortezas de árboles., señor, dixo en triste voz cacambo, que
las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. ha, ¿qué diria el doctor panglós si viera lo que es la pura
naturaleza? todo está bien, norabuena; pero confesemos que es triste
cosa haber perdido á mi cunegunda, y ser espetado en un asador por
unos orejones. cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
desconsolado candido: no se aflija vm., que yo entiendo algo el
guirigay de estos pueblos, y les voy á hablar. no dexes de
representarles, dixo candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano. efectivamente el derecho
natural enseña á matar al próxîmo, y así es estilo en todo el mundo: y
si no exercitamos nosotros el derecho de comérnoslos, consiste en que
tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
el mismo caso, y cierto vale mas comerse á sus enemigos, que abandonar
á los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. yo soy nacido en vuestro mismo pais;
este señor que estais viendo es mi amo, y léjos de ser jesuita, acaba
de matar á un jesuita, y se ha traído los despojos: este es el motivo
de vuestro error. |
para verificar lo que os digo, coged su sotana,
llevadla á la primera barrera del reyno de los padres, é informaos si
es cierto que mi amo ha muerto á un jesuita. poco tiempo será
necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
derecho público, la moral y las leyes, para que nos hagais mal. |
|
pareció justa la proposicion á los orejones, y comisionáron á dos
prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
los diputados desempeñáron su comision con mucha sagacidad, y
volvieron con buenas noticias.
no se hartaba candido de pasmarse del motivo porque le habían puesto
en libertad. ¡qué pueblo, decia, qué gente, qué costumbres! si no
hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte á
parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. verdad
es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
agasajado tanto estas gentes, así que han sabido que no era jesuita.
_cuéntase el arribo de candido con su criado al pais del dorada, y
lo que alli viéron. los caballos se muriéron de cansancio; se les
acabáron las provisiones; y se mantuviéron por espacio de un mes con
frutas silvestres. al cabo se halláron á orillas de un riachuelo
poblado de cocos, que les conserváron la vida y la esperanza. el río se iba
continuamente ensanchando, y al cabo se encañaba baso una bóveda de
espantables breñas que escalaban el cielo. tuviéron ámbos caminantes
la osadía de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta bóveda; y el
río, que en este sitio se estrechaba, se los llevó con horroroso
estrépito y no vista velocidad. |
| al cabo de veinte y quatro horas
viéron otra vez la luz; pero la canoa se hizo añicos en los baxíos, y
tuviéron que andar á gatas de uno en otro peñasco una legua entera:
finalmente avistáron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
montañas. todo el pais estaba cultivado no ménos para recrear el gusto
que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo útil se
maridaba con lo agradable; víanse los caminos reales cubiertos, ó por
mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
ligeros que los mejores caballos de andalucía, tetuan y mequinez.
mejor tierra es esta, dixo candido, que la vesfalia; y se apeó con
cacambo en el primer lugar que topó. algunos muchachos de la aldea,
vestidos de tisú de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo á la
entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
en mirarlos. eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogiéron
algunas, y eran oro, esmeraldas y rubíes, de tanto valor que el de
ménos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del gran mogol.
estos muchachos, dixo cacambo, son sin duda los infantes que estan
jugando al tejo. |
| en esto se asomó el maestro de primeras letras del
lugar, y dixo á los muchachos que ya era hora de entrar en la
escuela. ese es, dixo candido, el preceptor de la familia real.
los chicos del lugar abandonáron al punto el juego, y tiráron los
tejos, y quanto para divertirse les habia servido. cogiólos candido,
y acercándose á todo correr al preceptor, se los presentó con mucha
humildad, diciéndole por señas que sus altezas reales se habian dexado
olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas.
los caminantes se diéron priesa á coger el oro, los rubíes y las
esmeraldas. ¿donde estamos? decia candido: menester es que esten bien
educados los infantes de este pais, pues así los enseñan á no hacer
caso del oro ni las piedras preciosas. no estaba cacambo ménos atónito
que candido. al fin se llegáron á la primera casa del lugar, que tenia
trazas de un palacio de europa; á la puerta habia agolpada una
muchedumbre de gente, y mas todavía dentro: oíase resonar una música
melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares. |
arrimóse cacambo á la puerta, y oyó hablar peruano, que era su lengua
materna; pues ya sabe todo el mundo que cacambo era hijo de tucuman,
de un pueblo donde no se conocia otro idioma.
al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron á que
se sentaran á mesa redonda. sirviéron en ella quatro sopas con dos
papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibríes en un
plato, y seiscientos páxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
pastelería deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la caña de
azúcar.
la mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
hiciéron á cacambo algunas preguntas, y respondiéron á las de este,
dexándole muy satisfecho de sus respuestas. quando se acabó la comida,
cacambo y candido créyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
soltarón la carcajada el huésped y la huéspeda, y no pudiéron durante
largo rato contener la risa: al fin se serenáron, y el huésped les
dixo: bien vemos, señores, que son vms. |
| extrangeros; y como no estamos
acostumbrados á ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado á reir
quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
reales. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
necesita para comer aquí, porque todas las posadas establecidas para
comodidad del comercio las paga el gobierno.
mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
recibirán como se merecen. explicaba cacambo á candido todo quanto
decia el huésped, y lo escuchaba candido con tanto pasmo y maravilla
como tenia en decírselo su amigo cacambo. |
| ¿pues qué pais es este,
decían ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? es regular que
este sea el pais donde todo está bien, añadia candido, que alguno ha
de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese panglós, muchas
veces he advertido que todo iba mal en vesfalia.
_donde se da cuenta de lo que en el pais del dorado viéron. candido representaba
la segunda persona, y acompañaba á su criado. entráron ámbos en una
casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
solamente en rubíes y esmeraldas estaba embutida, pero el órden con
que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.
recibió el anciano á los dos extrangeros en un sofá de plumas de
colibrí, y les ofreció varios licores en vasos de diamante, y luego
satisfizo su curiosidad en estos términos. |
| yo tengo ciento setenta y
dos años, y mi difunto padre, caballerízo del rey, me contó las
asombrosas revoluciones del perú, que habia el presenciado. el reyno
donde estamos es la antigua patria de los incas, que cometiéron el
disparate de abandonarla por ir á sojuzgar parte del mundo, y que al
fin destruyéron los españoles.
mas prudentes fuéron los príncipes de su familia que permaneciéron en
su patria, y por consentimiento de la nacion dispusiéron que no
saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeño reyno: lo qual ha
mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. los españoles han
tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _el
dorado_; y un inglés, nombrado el caballero raleigh, llegó aquí
cerca unos cien años hace; mas como estamos rodeados de intransitables
breñas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
nosotros sin dexar uno vivo. |
|
fué larga la conversacion, y se trató en ella de la forma de gobierno,
de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
finalmente candido, que era muy adicto á la metafísica, preguntó, por
medio de cacambo, si tenian religion los moradores. otra vez se abochornó el viejo, y le replicó: ¿acaso
puede haber dos religiones? nuestra religion es la de todo el mundo:
adoramos á dios noche y dia. ¿y no adorais mas que un solo dios?
repuso cacambo, sirviendo de intérprete á las dudas de candido. como
si hubiera dos, ó tres, ó quatro, dixo el anciano: vaya, que las
personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. no se hartaba
candido de preguntar al buen viejo, y queria saber qué era lo que
pedian á dios en el dorado. no le pedimos nada, dixo el respetable y
buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. a
candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y preguntó donde
estaban; y el venerable anciano le dixo sonriéndose: amigo mio, aquí
todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
todas las mañanas solemnes cánticos de acciones de gracias, que
acompañan cinco ó seis mil músicos. |
estaba candido como
extático oyendo estas razones, y decia para sí: muy distinto pais es
este
de la vesfalia, y de la quinta del señor baron; si hubiera visto
nuestro
amigo panglós el dorado, no diria que la quinta de tunder-ten-tronck
era lo mejor que habia en la tierra.
acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
tirado de seis carneros, y dió á los dos caminantes doce de sus
criados para que los llevaran á la corte. perdonad, les dixo, si me
priva mi edad de la honra de acompañaros; pero el rey os agasajará de
modo que quedeis gustosos, y sin duda disculparéis los estilos del
pais, si alguno de ellos os desagrada.
montáron en coche candido y cacambo; los seis carneros iban volando, y
en ménos de quatro horas llegáron al palacio del rey, situado á un
extremo de la capital. la puerta principal tenia doscientos y veinte
piés de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de qué materia
era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria á los
pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas. |
|
al apearse candido y cacambo del coche, fuéron recibidos por veinte
hermosas doncellas de la guardia real, que los lleváron al baño, y los
vistiéron de un ropage de plumion de colibrí; luego los principales
oficiales y oficialas de palacio los conduxéron al aposento de su
magestad, entre dos filas de mil músicos cada una, como era estilo. |
|
quando estuviéron cerca de la sala del trono, preguntó cacambo á uno
de los oficiales principales como habian de saludar á su magestad; si
hincados de rodillas ó postrados al suelo; si habian de poner las
manos en la cabeza ó en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
sala; finalmente quales eran las ceremonias. la práctica, dixo el
oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ámbas mexillas.
abalanzáronse pues candido y cacambo al cuello de su magestad, el qual
correspondió con la mayor afabilidad, y los convidó cortesmente á
cenar. entre tanto les enseñáron la ciudad, los edificios públicos que
escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de caña, que
sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
canela. quiso candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
dixéron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informó si habia
cárcel, y le fué dicho que no; pero lo que mas extrañó y mas
satisfaccion le causó, fué el palacio de las ciencias, donde vió una
galería de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de física y
matemáticas.
habiendo andado en toda aquella tarde como la milésima parte de la
ciudad, los traxéron de vuelta á palacio. candido se sentó á la mesa
entre su magestad, su criado cacambo, y muchas señoras; y no se puede
ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
del monarca se oían. |
| cacambo le explicaba á candido los donayres del
rey, y aunque traducidos todavía eran donayres; y de todo quanto pasmó
á candido, no fué esto lo que le dexó ménos pasmado.
un mes estuviéron en este hospicio. candido decia continuamente á
cacambo: ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo nací no se
puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi cunegunda no
habita en él, y sin duda que tampoco á tí te faltará en europa una que
bien quieras. si nos quedamos aquí, serémos uno de tantos; y si damos
vuelta á nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
de piedras del dorado, serémos mas ricos que todos los monarcas
juntos, no tendrémos que tener miedo á inquisidores, y con facilidad
podrémos cobrar á la baronesita. este razonamiento petó á cacambo: tal
es la manía de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
se determináron á dexarlo de ser, y á despedirse de su magestad.
haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
en él. yo no tengo por cierto derecho para detener á los extrangeros,
tiranía tan opuesta á nuestra práctica como á nuestras leyes. |
| todo
hombre es libre, y os podeis ir quando quisiéreis; pero es muy ardua
empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo río por el
qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bóvedas de peñascos;
las montañas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despeñándose. pero,
pues estais resueltos á iros, voy á dar órden á los intendentes de
máquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
quando os hayan conducido al otro lado de las montañas, nadie os podrá
acompañar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
quanto á lo demás, pedidme lo que mas os acomode. no pedimos que
vuestra magestad nos dé otra cosa, dixo cacambo, que algunos carneros
cargados de víveres, de piedras y barro del pais. rióse el rey, y
dixo: no se qué, pasion es la que tienen vuestros europeos á nuestro
barro amarillo; llévaos todo el que querais, y buen provecho os haga.
inmediatamente dió órden á sus ingenieros que hicieran una máquina
para izar fuera del reyno á estos dos hombres extraordinarios: tres
mil buenos físicos trabajáron en ella, y se concluyó al cabo de quince
dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais. |
|
metiéron en la máquina á candido y á cacambo: dos carneros grandes
encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
ellos así que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
cargados de víveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
preciosas. |
| el rey dió un cariñoso abrazo á los dos vagamundos. habiéndolos dexado en
parage seguro, se despidiéron de ellos los físicos; y candido no tuvo
otro hipo ni otra idea que ir á presentar sus carneros á la
baronesita. a bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
buenos-ayres, si es dable poner precio á mi cuncgunda: vamos á la isla
de cayena, embarquémonos, y luego verémos qué reyno habernos de poner
en ajuste.
_de los sucesos de surinam, y del conocimiento que hizo candido de
martin. el
enamorado candido grabó el nombre de cunegunda en las cortezas de los
árboles. a la segunda jornada se atolláron en pantanos dos carneros, y
pereciéron con la carga que llevaban; otros dos se muriéron de
cansancio algunos dias despues; luego pereciéron de hambre de siete á
ocho en un desierto; de allí á algunos dias se cayéron otros en unas
simas: por fin á los cien dias de viage no les quedáron mas que dos
carneros. |
candido dixo á cacambo: ya ves, amigo, que deleznables son
las riquezas de este mundo; nada hay sólido, como no sea la virtud, y
la dicha de volver á ver á cunegunda. confiéselo así, dixo cacambo;
pero todavía tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podrá
poseer el rey de españa, y desde aquí columbro una ciudad, que presumo
que ha de ser surinam, colonia holandesa. al término de nuestras
miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.
en las inmediaciones del pueblo encontráron á un negro tendido en el
suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
izquierda y la mano derecha. |
¿ha sido por ventura el señor vanderdendur quien tal te ha
parado? dixo candido. sí, señor, respondió el negro; así es práctica:
nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al año para que nos
vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azúcar, y nos coge un
dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ámbos casos, y á ese
precio se come azúcar en europa; puesto que quando en la costa de
guinea me vendió mi madre por dos escudos patagones, me dixo: hijo
querido, da gracias á nuestros fetiches, y adóralos sin cesar, para
que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
nuestros señores los blancos, y de hacer afortunados á tu padre y á tu
madre. yo no se ¡ay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
papagayos lo son mil veces ménos que nosotros. los fetiches holandeses
que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
hijos de adan. |
yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes. vertia lágrimas
al decirlo contemplando al negro, y entró llorando en surinam.
lo primero que preguntáron fué si habia en el puerto algun navío que
se pudiera fletar para buenos-ayres. el hombre á quien se lo
preguntáron era justamente un patron español que les ofreció
ajustarse en conciencia con ellos, y les dió cita en una hostería,
adonde candido y cacambo le fuéron á esperar con sus carneros.
candido que llevaba siempre el corazon en las manos contó todas sus
aventuras al español, y le confesó que queria robar á la baronesita
cunegunda. ni mas ni
ménos; que la hermosa cunegunda es la dama en privanza de su
excelencia. este dicho fué una puñalada en el corazon de candido:
lloró amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte á cacambo,
le dixo: escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
nosotros lleva en el bolsillo uno ó dos millones de pesos en
diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete á buenos-ayres, en busca
de cunegunda. si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto á inquisidor
ninguno, y nadie te perseguirá. parecióle bien á
cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia á par de muerte
haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. |
| abrazáronse derramando
muchas lágrimas; candido le encomendó que no se olvidara de la buena
vieja; y cacambo se partió aquel mismo dia: el tal cacambo era un
excelente sugeto.
detúvose algún tiempo candido en surinam, esperando á que hubiese otro
patron que le llevase á italia con los dos carneros que le habian,
quedado. tomó criados para su servicio, y compró todo quanto era
necesario para un viage largo; finalmente se le presentó el señor
vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. toma, dixo en voz baxa el mercader, ¿con
que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? otra vez
volvió, y dixo que no le podia llevar á venecia si no le daba treinta
mil duros. ha, ha, murmuró
el holandés, treinta mil duros no le cuestan nada á este hombre; sin
duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego verémos.
vendió candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
quanto dinero le habia pedido el patron, y le pagó adelantado. estaban
ya embarcados los dos carneros, y seguia candido de léjos en una
lancha para ir al navío que estaba en la rada; el patron se aprovecha
de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa. |
|
en breve le pierde de vista candido confuso y desatentado. vuélvese á
la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
hacer ricos á veinte monarcas. lo primero que hizo el juez fué condenaile á pagar diez mil
duros por la bulla que habia metido: oyóle luego con mucha pachorra,
le prometió que exâmininaria el asunto así que voliera el mercader, y
exîgió otros diez mil duros por los derechos de audiencia. |
|
esta conducta acabó de desesperar á candido; y aunque á la verdad
habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
juez y del patron que le habia robado le exâltaron la cólera, y le
ocasionáron una negra melancolía. presentábase á su mente la maldad
humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
finalmente estando para salir para burdeos un navío francés, y no
quedándole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajustó en lo
que valia un camarote del navío, y mandó pregonar en la ciudad que
pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros á un hombre de
bien que le quisiera acompañar, con la condición de que fuese el mas
descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
presentóse una cáfila tal de pretendientes, que no hubieran podido
caber en una esquadra. queriendo candido escoger los que mejor
educados parecian, señaló hasta unos veinte que le parecieron mas
sociables, y todos pretendían que merecían la preferencia. reuniólos
en su posada, y los convidó á cenar, poniendo por condicion que
hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar á los
demas una gratificacion. duró la sesion hasta las quatro de la
madrugada; y al oir sus aventuras ó desventuras se acordaba candido de
lo que le habia dicho la vieja quando iban á buenos-ayres, y de la
apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navío á quien no
hubiesen acontecido gravísimas desdichas. |
| a cada lástima que contaban,
pensaba en panglós, y decia: el tal panglós apurado se habia de ver
para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aquí. finalmente se determinó enfavor de un hombre docto y pobre,
que habia trabajado diez años para los libreros de amsterdan,
creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
que le exercitaba. fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
portugués. le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
vivia, y le perseguian los predicantes de surinam, porque le tachaban
de sociniano. hase de confesar que los demas eran por lo menós tan
desventurados como él; pero candido esperaba que con el docto se
aburriria ménos en el viage. |
| todos sus competidores se quejáron de la
injusticia manifiesta de candido; mas este los calmó repartiendo cien
duros á cada uno. ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
el navío hubiera ido de surinam al japon por el cabo de buena
esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
discurrir acerca del mal físico y el mal moral. verdad es que candido
le sacaba muchas ventajas á martin, porque llevaba la esperanza de
ver á su cunegunda, y martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandés,
todavía quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
de cunegunda, con especialidad después de comer, se inclinaba al
sistema de panglós. ese es cuento, replicó candido,
que ya no hay maniquéos en el mundo. pues yo en el mundo estoy, dixo
martin, y es la realidad que no está en mi creer otra cosa. el diablo en el cuerpo, repuso candido. tanto papelea
en este mundo, dixo martin, que muy bien puede ser que esté en mi
cuerpo lo mismo que en otra parte. confieso que quando tiendo la vista
por este globo ó glóbulo, se me figura que le ha dexado dios á
disposicion de un ser maléfico, exceptuando el dorado. |
aun no he visto
un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
que no quisiera exterminar otra familia. en todas partes los menudos
exêcran de los grandes, y se postran á sus plantas; y los grandes los
tratan como viles rebaños, desollándolos y comiéndoselos. un millon de
asesinos en regimientos andan corriendo la europa entera, saqueando y
matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
que quantas plagas padece una ciudad sitiada. |
todavía son mas crueles
los pesares secretòs que las miserias públicas; en una palabra, he
visto tanto y he padecido tanto, que soy maniquéo.
en esta disputa estaban quando se oyéron descargas de artillería. de
uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armáron de un
anteojo. martin y
candido distinguiéron con mucha claridad en el combes de la nave que
zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; en un punto se los tragó á todos la mar.
verdad es, dixo candido, que anda aquí la mano del diablo. diciendo
esto, advirtió cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
junto al navio; echáron la lancha para ver que era, y era uno de sus
carneros. mas se alegró candido con haber recobrado este carnero, que
lo que habia sentido la pérdida de ciento cargados todos de diamantes
gruesos del dorado. con el pirata se hundiéron en el
mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
se libertó un carnero. |
| , dixo candido á maitin, que á veces
llevan los delitos su merecido: este pícaro de patrón holandés ha
sufrido la pena digna de sus maldades. está bien, dixo martin, pero
¿porqué han muerto los pasageros que venian en su navío? dios ha
castigado al malo, y el diablo ha ahogado á los buenos.
seguían en tanto su derrota el navío francés y el español, y candido
en sus conversaciones con martin. quince dias sin parar disputáron, y
tan adelantados estaban el último como el primero; pero hablaban, se
comunicaban sus ideas, y se consolaban.
_donde se da cuenta de la plática de candido y martín, al acercarse
á las costas de francia. sí, señor, respondió martin, y he corrido
muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
en aquellas lo dan por ladinos. en todas la ocupacion principal es
enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderías. estuve poco tiempo; al llegar, me robáron quanto traía
unos rateros en la plaza de san german; luego me reputáron á mi por
ladron, y me tuviéron ocho dias en la cárcel; y al salir libre entré
como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme á pié á
holanda. |
he conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
canalla convulsa. dicen que hay algunas personas muy cultas en este
pueblo, y creo que así será.
yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la francia, dixo candido; bien
puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el dorado no se
cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea cunegunda.? con mil amores, respondió martin; dicen que venecia
solo para los nobles venecianos es buena, puesto que hacen mucho
agasajo á los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
pero vm. que la tierra haya sido antiguamente
mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? no
por cierto, replicó martin, como ni tampoco los demas adefesios que
nos quieren hacer tragar de algun tiempo acá. |
para hacernos
dar al diablo, respondió martin.? muy léjos de eso, repuso martin; no veo que tenga nada de
extraño esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
se me hace extraordinario. que
las de los hombres hayan ariado? no, dixo candido, eso es muy
diferente porque el libre albedrío. lo único que sintió fué tenerse que separar de su carnero, que
dexó á la academia de ciencias de burdeos, la qual propuso por asunto
del premio de aquel año determinar porque la lana de aquel carnero era
encarnada; y se le adjudicó á un docto del norte, que demostró por a
mas b, ménos c dividido por z, que era forzoso que fuera aquel carnero
encarnado, y que se muriese de la moniña. |
|
todos quantos caminantes topaba candido en los mesones le decian:
vamos á paris. este general prurito le inspiró al fin deseos de ver
esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la dirección de
venecia. entró por el arrabal de san marcelo, y creyó que estaba en la
mas sucia aldea de vesfalia. apénas llegó á la posada, le acometió
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercáron dos doctores médicos que no habia
mandado llamar, varios íntimos amigos que no se apartaban de él, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. decia martin: bien me acuerdo de
haber estado yo malo en paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y así ni tuve amigos, ni devotas, ni médicos, y sané muy
presto. habia juego fuerte, y candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero martin no lo extrañaba.
entre los que mas concurrian á su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halagüeños, descarados, buenos para
todo, que atisban á los forasteros que llegan á la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres á qualquier precio. |
| representaban una tragedia nueva, y
candido se encontró al lado de unos quantos hypercríticos, lo qual no
le quitó que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. uno de los hypercríticos que junto á el estaban, le dixo
en un entre-acto: hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malísima, y el que representa con ella peor todavía, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arábigo, y ha
puesto la escena en la arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: mañana le traeré á vm. |
|
salió candido muy satisfecho con una cómica que hacia el papel de la
reyna isabel de inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. mucho me gusta esta actriz, le dixo á martin,
porque se da ayre á cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. candido criado en
alemania preguntó qué ceremonias eran las que se estilaban en francia
para tratar con las reynas de inglaterra. distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan á comer á los mesones, en paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar después de muertas. verdad es, dixo martin; razon tiene
el señor abate: en paris estaba yo quando la señora monima pasó, como
dicen, de esta á mejor vida, y le negáron lo que esta gente llama
_sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
la pobretería de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterráron sola y señera en un rincon de su jardin, lo qual le causó
sin duda muchísima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. accion de mala crianza fué en efecto, dixo candido. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallará reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectáculos de esta donosa nacion. ¿y es cierto que en paris
se ríe la gente de todo? verdad es, dixo el abate, pero se ríen
dándose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
riéndose se cometen las mas detestables acciones. |
|
¿quién es, dixo candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? un malandrin, respondió el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramáticas y de todos los
libros que salen; que aborrece á todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos á los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzoña y cieno; un folletista. así discurrian candido, martin y el abate en la
escalera del coliseo, miéntras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. puesto que tengo muchísimos deseos de ver á cunegunda, dixo
candido, bien quisiera cenar con la primera trágica, que me ha
parecido un portento. no era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato.
candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexó llevar á casa de
la tal señora: estaban ocupados los tertulianos en jugar á la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. reynaba un profundo silencio; teñido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
leía la zozobra en el del banquero; y la señora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, haciéndoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesía y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos. |
llamábanla la marquesa de paroliñac; su hija, muchacha de quince años,
era uno de los apúntes, y con un guiñar de ojos advertía á su madre
las picardigüelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte.
acercóse en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levantó de la silla, honró á candido con una risita agraciada, y
á
martin haciéndole cortesía con la cabeza con magestuoso ademan; mandó
luego que traxeran á candido asiento y una baraja, y este perdió en
dos tallas diez mil duros. cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atónitos de que candido no sintiese mas lo que perdia. los
lacayos en su idioma lacayuno se decían unos á otros: preciso es que
sea un mylord inglés.
la cena se parecia á casi todas las cenas de paris; primero mucho
silencio, luego un estrépito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de política, y mucha murmuracion; despues habláron de obras
nuevas. |
| pasáron luego á tratar de teatros, y el ama de casa preguntó
porque habia ciertas tragedias que se representaban con freqüencia, y
que nadie podia leer. un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explicó con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poquísimo mérito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una ó dos situacíones de aquellas
que tan freqüentes son en las novelas, y siempre embelesan á los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad á
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmonía continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. todo aquel que no observare todas estas reglas, añadió,
muy bien podrá componer una ó dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasará plaza de buen escritor.
escuchaba con mucha atención candido este razonamiento, y formó por él
altísima idea del orador; y como había tenido la marquesa la atencion
de colocarle á su lado, se tomó la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. |
| ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae á cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbáron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedicó ha salido de la tienda de su librero. de dictámen de que todo
está perfectamente en el mundo físico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? ¡yo, caballero! le respondió el docto;
nada ménos que eso. todo me parece que va al revés en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente está bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesiásticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.
replicóle candido: cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseñó que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. |
| ese
ahorcado se reía de la gente, dixo martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, los hombres son los que echan esas manchas, dixo candido,
y no pueden hacer ménos. bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; martin discurria con el hombre
docto, y candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa. |
|
replicóle la marquesa con una amorosa sonrisa: vm. con toda mi alma, dixo candido, y la
levantó del suelo. ahora quiero que me la ponga, continuó la dama, y
candido se la puso. es extrangero: á mis
amantes de paris los hago yo penar á veces quince dias seguidos, pero
á vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente á un buen mozo de vesfalia. la buena caña que había
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alabó, que de los dedos de candido pasáron á los de
la marquesa.
al volverse candido á su casa con el abate, sintió algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad á cunegunda; y el
señor abate tomó parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequeña en los diez mil duros perdidos por candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su ánimo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
candido le podía valer. |
hablábale sin cesar de cunegunda, y candido
le dixo que quando la viera en venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.
cada dia estaba el abate mas cortés y mas atento, interesándole todo
quanto decía candido, todo quanto hacia, y quanto quería hacer. aplazado por la baronesita para venecia? le dixo. llevado entónces del gusto de hablar de su amada, le contó,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
vesfaliana. |
bien creo, dixo el abate, que esa señorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. nunca me ha escrito, dixo
candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echáron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco después supe
que era muerta, que despues me la encontré, y la volví á perder, y que
le he despachado un mensagero á dos mil y quinientas leguas de aquí,
que aguardo con su respuesta. hubiera ido volando á echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. |
| pasado por burdeos, donde se ha
quedado el fiel cacambo y la vieja, que llegarán muy en breve. el
gobernador de buenos-ayres se ha quedado con todo quanto cacambo
llevaba; pero el corazón de vm. fluctuante entre estos dos afectos, agarra á
puñados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con martin á la
posada donde estaba cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latiéndole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. entónces la enferma sacó fuera de la
cama una mano muy suave que bañó candido un largo rato con lágrimas, y
que llenó lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.
en medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompañado del abate
y de seis corchetes. no tratan de esta manera en el dorado á los forasteros, dixo
candido.
martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospechó que la
señora que se decia cnnegunda era una buscona, el señor abate un
tunante que habia abusado del candor de candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era difícil desprenderse. por no exponerse á tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver á la
verdadera cunegunda, candido, por consejo de maitin, ofreció al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. |
| ha, señor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
¡tres diamantes de tres mil duros cada uno! la vida perderia yo por
vm. todos los extrangeros son
arrestados, pero déxelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
diepe en la normandía, y le llevaré alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratará como yo propio.] y como otros muchos cometidos otros años y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.
entónces explicó el alguacil lo que habia apuntado el abate. ¿cómo se cometen tamañas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? ¿quando saldré yo de este pais donde
azuzan ximios á tigres? en mi pais he visto osos; solo en el dorado he
visto hombres. había un
buque holandés pequeño al ancla; y el normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarcó á
candido y á su familia en el tal navío que iba á dar á la vela para
portsmúa en inglaterra. no era camino para venecia; pero candido creyó
que salía del infierno, y estaba resuelto a tabl á venecia luego
que se le presentase ocasion. |
| cosa muy desatinada y
muy abominable, respondió martin. que ámbas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
nieve en el canadá, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
que todo el canadá vale.
diciendo esto aportáron á portsmúa: la orilla del mar estaba cubierta
de gente que miraba con atencion á un hombre gordo [el almirante
byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
de los navíos de la esquadra. quatro soldados formados en frente le
tiráron cada uno tres balas á la mollera con el mayor sosiego, y toda
la asamblea se fué muy satisfecha. ¿qué quiere decir esto? dixo
candido: ¿qué perverso demonio reyna en todas partes? preguntó quien
era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. sin disputa, le dixéron; pero en
esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
para dar mas ánimo á los otros. a cabo de dos dias estuvo listo
el patrón. |
| con
cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. todo está bien, todo va
bien y lo mejor que es posible.
_que trata de fray hilarion y de paquita. todos los dias iba á
informarse de todos los navíos y barcos, y nadie sabia de cacambo. ¡ha, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
terrenal del dorado, que volver á esta maldita europa! razon tiene
vm., amado martin; todo es mera ilusion y calamidad. que se olvide de cacambo y de su cunegunda. martin no era hombre
que daba consuelos. crecia la melancolía de candido, y martin no se
hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
la tierra, excepto acaso en el dorado, donde ninguno podia entrar.
sobre esta importante materia disputaban, miéntras venia cunegunda,
quando reparó candido en un frayle francisco mozo, que se paseaba por
la plaza de san marcos, llevando del brazo á una moza. el franciscano
era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos á su
diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara. |
| ménos en el dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
habitable mas que desventurados; pero apuesto á que esa moza y ese
frayle son felicísimas criaturas. que no ha sido ménos
adversa mi estrella.
si no hubiera tenido lástima de mi un, médico famoso, me hubiera
muerto; por agradecérselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
médico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
misericordia todos los días. era ella una furia, el mas feo el de los
hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
por un hombre á quien no podía ver., señor, los peligros
que corre una muger vinagre que lo es de un médico: aburrido el mío de
los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
resfriado le administró un remedio tan eficaz, que en menos de dos
horas se murió en horrendas convulsiones. |
| los parientes de la difunta
formáron causa criminal al doctor, el qual se escapó, y á mi me
metiéron en la cárcel; y si no hubiera sido algo bonita, do me hubiera
sacado á salvamento mi inocencia. el juez me declaró libre, con la
condicion de ser el sucesor del médico; y muy en breve me sustituyó
otra, y fuí despedida sin darme un quarto, y forzada á emprender este
abominable oficio, que á vosotros los hombres os parece tan gustoso,
y que para nosotras es un piélago de desventuras. |
| qué cosa tan
inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta á tanto
insulto, á tantos malos tratamientos; verse á cada paso obligada á
pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue á una un
hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
malbadada criatura de este mundo. |
así descubria paquita su corazon al
buen candido, en su gabinete, á presencia de martin, el qual dixo: ya
llevo ganada, como vm.
habíase quedado fray hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
miéntras servian la comida. candido le dixo á paquita: pues si
parecias tan alegre y tan contenta quando te encontré; si cantabas y
halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
como dices que eres desdichada. ayer me robó y me aporreó un
oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar á un
frayle.
no quiso candido oir mas, y confesó que martin tenia razón. sentáronse
luego á la mesa con paquita y el frayle francisco; fué bastante alegre
la comida, y de sobremesa habláron con alguna confianza. en su semblante brilla la salud y la
robustez, su fisonomía indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
para su recreo, y me parece muy satisfecho con su hábito de diaguino.
por dios santo, caballero, respondió fray hilarion, que quisiera que
todos los franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
hacerme turco. el convento es un nido de zelos, de
rencillas y de desesperacion. verdad es que por algunas malas
misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede á
todos los demas religiosos. |
| sea lo que fuere, dixo candido, un consuelo
tengo, y es que á veces encuentra uno gentes que creía no encontrar
nunca; y muy bien, podrá suceder que después de haber topado á mi
carnero encarnado y á paquita, me halle un dia de manos á boca con
cunegunda. mucho deseo, dixo martin, que sea para la mayor felicidad
de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. consiste en que he vivido mucho, replicó martin. esos gondoleros, dixo candido, que no cesan de cantar?
pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
martin. |
| sus pesadumbres tiene el dux, y los gondoleros las suyas.
verdad es que pesándolo todo, mas feliz suerte que la del dux es la
del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
de un detenido exâmen. me han hablado, dixo candido, del senador
pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el brenta,
y que agasaja mucho á los forasteros; y dicen que es un hombre que
nunca ha sabido qué cosa sea tener pesadumbre. mucho diera por ver un
ente tan raro, dixo martin. sin mas dilación mandó candido á pedir
licencia al señor pococurante para hacerle una visita el dia
siguiente.
_que da cuenta de la visita que hiciéron martin y candido al señor
pococurante, noble veneciano. los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de mármol, el palacio de magnífica fábrica, y el
dueño un hombre como de sesenta años, y muy rico. |
|
al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirviéron el
chocolate: candido no pudo ménos de elogiar sus gracias y su
hermosura. no son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las señoras del pueblo,
de su retrechería, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonterías, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer ó mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan á fastidiarme estas muchachas. son de rafael, dixo el senador, y las
compré muy caras por vanidad, algunos años ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene italia, pero á mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no están bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada á la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo á ver
aquí una feliz imitacion de la naturaleza, y no daré mi aprobacion á
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. |
| yo tengo muchos, pero no miro á uno siquiera. bien puede este estruendo,
dixo pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, á
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve á confesarlo. la
música del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que difícil no gusta mucho tiempo.
mas me agradaría la ópera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. |
| vaya quien quisiere á ver
malas tragedias en música, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos ó tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saboréese otro en oir á un tiple tararear el papel de
césar ó caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
mí, muchos años hace que no veo semejantes majaderías de que tanto
se ufana hoy la italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. candido contradixo un poco, pero con prudencia; y martin
fué en todo del dictámen del senador. este es el libro, dixo,
que era las delicias de panglós, el mejor filósofo de alemania. |
| pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad pococurante: en otro tiempo me
habían hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
helena, causa de la guerra, y que apénas tiene accion en el poema;
aquella troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. algunas veces he preguntado á varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como á mí; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caía el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antigüedad, ó como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.
no piensa así vueselencia de virgilio, dixo candido. convengo, dixo
pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
eneyda son excelentes; mas por lo que hace á su pío eneas, al fuerte
cloanto, al amigo acates, al niño ascanio, al tonto del rey latino, á
la zafia amata, y á la insulsa lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el taso, y las novelas para
arrullar criaturas del ariosto. |
|
¿me hará su excelencia el gusto de decirme, repuso candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de horacio? máxîmas hay en él, dixo
pococurante, que pueden ser útiles á un hombre de mundo, y que
reducidas á enérgicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage á brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
sé qué rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
las de su contrincante _llenas de vinagre_. sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo qué
mérito tiene decir á su amigo mecenas, que si le pone en el catálogo
de poetas líricos, tocará á los astros con su erguida frente. a los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
mí solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. candido, que se habia
criado no juzgando de nada por sí propio, estaba muy atónito con todo
quanto oía; y á martin le parecía el modo de pensar de pococurante muy
conforme á razón. nunca le leo, respondió el veneciano. ¿qué
tengo yo con que haya defendido á rabirio ó á cluencio? sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. mas me hubieran agradado sus obras
filosóficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que él, y que para ser ignorante á nadie necesitaba. |
| sí que lo habría, dixo pococurante, si
uno de los autores de ese fárrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa útil. lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen á una página
de séneca, y todos esos librotes de teología, ya se presumen vms.
reparó martin en unos estantes cargados de libros ingleses. bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. sí, respondió pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. en
nuestra italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los césares y los antoninos á
concebir una idea sin la venia de un domínico. mucho me contentaria la
libertad que á los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasión y el espíritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.
reparando candido en un milton, le preguntó si tenia por un hombre
sublime á este autor. ¿a quién? dixo pococurante: ¿á ese bárbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
génesis? ¿á ese zafio imitador de los griegos, que desfigura la
creacion, y miéntras que pinta moises al eterno ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el mesías en un armario del cielo un
inmenso compás para trazar su obra? ¡yo, estimar á quien ha echado á
perder el infierno y el diablo del taso; á quien disfraza á lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teología; á quien imitando seriamente
la cómica invencion de las armas de fuego del ariosto, representa á
los diablos tirando cañonazos en el cielo! ni yo, ni nadie en italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. |
las bodas del
pecado y la muerte, y las culebras que pare el pecado provocan á
vomitar á todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. este poema obscuro,
estrambótico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le tratáron en su patria sus coetáneos. por lo demas, yo digo
mi dictámen sin curarme de si los demas piensan como yo. candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba á homero, y no
le desagradaba milton. ¡ay! dixo en voz baxa á martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio á nuestros poetas
tudescos.
hecho el escrutinio de todos los libros, baxáron al jardín, y candido
alabó mucho todas sus preciosidades. no hay una cosa de peor gusto,
dixo pococurante, aquí no tenemos otra cosa que fruslerías; bien es
que mañana voy á disponer que me planten otro por un estilo mas noble.
despidiéronse en fin ámbos curiosos de su excelencia, y al volverse á
su casa dixo candido á martin: confiese vm. que el señor pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior á todo
quanto tiene., dixo martin, que está aburrido de quanto
tiene? mucho tiempo ha que dixo platon que no son los mejores
estómagos los que vomitan todos los alimentos. ¿pero no es un gusto,
respondió candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? eso es lo mismo, replicó martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. |
| segun eso, dixo candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva á ver á mi cunegunda.
buena cosa es la esperanza, respondió martin.
corrian en tanto los dias y las semanas, y cacambo no parecia, y
estaba candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera notó que
no habian venido á darle las gracias fray hilarion ni paquita.
_que da cuenta de como candido y martin cenáron con unos
extranjeros, y quien eran estos. á venirse con nosotros, y no se
descuide. vuelve candido el rostro, conoce á cacambo; solo la vista de
cunegunda le hubiera podido causar mas extrañeza y mas contento.
preocupado candido de júbilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto á
ver á su fiel agente, atónito de verle esclavo, rebosando en la
alegría de encontrar á su amada, palpitándole el pecho, y vacilante su
razon, se sentó á la mesa con martin, el qual sin inmutarse
contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
habian venido á pasar el carnaval á venecia. |
|
cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimándose á su
amo al fin de la comida, le dixo al oido: señor, vuestra magestad
puede irse quando quisiere, que el buque está pronto; y se fué dichas
estas palabras.
entónces no dudáron candido ni martin de que era mogiganga de
carnaval. el quarto criado dixo al quarto amo: vuestra magestad se
podrá ir quando quiera, y se salió lo mismo que los demas. otro tanto
dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explicó de muy
diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de candido,
y le dixo: a loon, señor, que nadie quiere fiar un ochavo á vuestra
magestad, ni á mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
que nos metieran en la cárcel, y así voy á ponerme en salvo: quédese
con dios vuestra magestad.
habiéndose marchado todos los criados, se quedáron en alto silencio
candido, martin y los seis forasteros. |
| reyes? yo por mi declaro que ni el señor martin ni yo lo somos.
respondiendo entónces con mucha dignidad el amo de cacambo, dixo en
italiano: yo no soy un bufon; mi nombre es acmet iii; he sido gran
sultan por espacio de muchos años; habia destronado á mi hermano, y mi
sobrino me na destronado á mí; á mis visires les han cortado la
cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. mi sobrino el gran
sultan mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
restablecer mi salud; y he venido á pasar el carnaval á venecia. |
después de acmet habló un mancebo que junto á el estaba, y dixo: yo me
llamo ivan, he sido emperador de toda la rusia, y destronado en la
cuna. algunas veces me dan licencia para viajar en compañía de
mis alcaydes; y he venido á pasar el carnaval á venecia.
dixo luego el tercero: yo soy carlos eduardo, rey de inglaterra,
habiéndome cedido mi padre sus derechos á la corona. he peleado por
sustentarlos; á ochocientos partidarios mios les han arrancado el
corazon, y les han sacudido con el en la cara: á mi me han tenido
preso, y ahora voy á ver al rey mi padre á roma, el qual ha sido
destronado así como mi abuelo, y así como yo; y he venido á pasar el
carnaval á venecia.
habló entónces el quarto, y dixo: yo soy rey de los polacos; la suerte
de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno á los decretos de la
providencia, como hacen el sultan acmet, el emperador ivan, y el rey
carlos eduardo, que dios guarde dilatados años; y he venido á pasar el
carnaval á venecia. |
|
dixo despues el quinto: tambien yo soy rey de los polacos, y dos veces
he perdido mi reyno; pero la providencia me ha dado otro estado, en el
qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
del vistula todos los reyes de la sarmacia juntos: tambien me resigno
á los juicios de la providencia; y he venido á pasar el carnaval á
venecia., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
nombre es teodoro; fuí electo rey en córcega, me daban
_magestad,_ y ahora apénas se dignan de decirme _su merced_:
he hecho acuñar moneda, y no tengo un maravedí; tenia dos secretarios
de estado, y apénas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
estado mucho tiempo en londres en una cárcel acostado sobre paja; y me
rezelo que me suceda aquí lo mismo, puesto que he venido, como
vuestras magestades, á pasar el carnaval á venecia.
escucháron con magnánima compasion los otros cinco monarcas este
razonamiento, y dió cada uno veinte zequíes al rey teodoro para que
comprase vestidos y ropa blanca. |
| candido le regaló un brillante de dos
mil zequíes. candido en el camino decia á martin: ¡con que hemos
cenado con seis reyes destronados, y de los seis á uno he tenido que
darle tina limosna! acaso hay otros muchos príncipes mas desgraciados.
yo á la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy á descansar
de mis fatigas en brazos de cunegunda. increible
aventura es empero, continuó candido, la que en venecia nos ha
sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
en la misma posada seis monarcas destronados. |
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